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Entierro de Antonio Machado en el exilio, Collioure (Francia). 22 de febrero de 1939.

Entierro de Antonio Machado, Collioure (Francia)

Fragmento de la novela “El genocidio de la hermana Isabel”

“Me llamo Javier Egea, soy catalán, tengo 32 años y soy escritor. Bueno, “intento de”, más que escritor en si mismo. Si se interesaran por mi bibliografía deberían dirigirse a algún almacén de mala muerte de la Editorial Busquets de Barcelona, donde tras toneladas de polvo, cajas y rastros de insectos y roedores, se toparían con algún malogrado ejemplar de mi primera y única novela “Todos los poetas mueren en el exilio”, un intento de biografía del poeta sevillano Antonio Machado comenzada por el final de su azarosa vida.

La obra comenzaba con un funeral  llevado a cabo entre soldados de un Estado ya inexistente al que le quedaba un telediario para perder la Guerra Civil, en el cementerio de un pueblecito francés, Collioure, donde había llegado tras cruzar los Pirineos junto a su madre y cuatro maletas escapando del avance de las tropas franquistas que llegaban a Barcelona y, con ello, cortaban la España leal a la República en dos, copaban Madrid como último bastión de defensa de la legalidad republicana y se sentaban a esperar la capitulación de la República.

Su madre le seguiría pocos días después, dicen que ni tan siquiera sabía que su hijo había muerto antes que ella, una mujer octogenaria que había parido, ahí es nada, a dos de los mejores y más lúcidos próceres de la lengua castellana, a Antonio, al que la guerra y su conciencia le cogió en territorio republicano, y a Manuel que le cogió en Burgos y allí, en el bando nacional, pasó toda la guerra sobreviviendo y alabando las grandezas del Caudillo y sus tropas. Esa mujer a la que tanto debe la historia de este país – porque un país es su cultura, y su cultura son sus escritores – murió pensando que se hallaba en uno de aquellos patios sevillanos que Antonio glosara como recuerdos de su infancia.

Sea como fuere a Machado no lo enterraban en su Sevilla natal o en la Castilla de madurez y militante obra. Sus restos recibieron sepultura en una fría tierra extranjera que no tardaría ni un año en verse también teñida de sangre por el fascismo.

Hay una imagen que siempre llevo conmigo, la del entierro del poeta. En el féretro se adivina la bandera tricolor que lo cubre. Un cortejo fúnebre de civiles y militares acompaña a Machado en su último y postrer viaje. El grupo de soldados republicanos flanquea en riguroso respeto a los restos mortales que suspendidos sobre dos sillas de enea sostienen al gran maestro de la lengua castellana. alli congregados y en silencio rinden el ultimo adiós al gran español que soñó su patria desarrollada, culta y libre.

Machado había dicho en alguna ocasión que “Para enterrar a un hombre una sabana basta”. Quien sabe si premonitorio se adelantaba a su propia mortaja, rodeado de aquellos soldados del Ejército Popular en desbandada que guardaban, devotamente, el cuerpo sin vida de aquel al que tantas veces habían leído y escuchado en las trincheras.”

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