De profesionales y tarugos

Menudo día que llevo. A las siete salgo a correr por el Parque María Luisa y todo va bien, llevo un buen ritmo o al menos no puedo quejarme tras un mes de lesión en la rodilla, el pulso es bueno, a unas 170 pulsaciones por minuto de media. Con algunos corredores me saludo, ya nos conocemos, viejos compañeros de carreras muy temprano por el parque. En el móvil suena el tema “The far side of the World” de la banda sonora de Master and Commander, esa joya del cine bélico, adaptación  impecable de la obra homónima del gran Patrick O´Bryan de su serie histórica sobre la Armada Británica. Así que en esas andaba yo, o corría mejor dicho, imaginándome en la Surprise cuando de repente casi me espachurra la copa de una palmera, “¡crash! ¡¡ booom ¡!” alcancé a oír a pesar de  los auriculares ya que por suerte estaba en pleno decrescendo la sinfonía. Como iba corriendo pude acelerar la zancada y pasar, lo justo, antes   que toda la parte superior de la palmera, podrida y carcomida, se estampara contra el suelo. Otros corredores se acercaron para ver si estaba bien y al menos pude jurar en comandita contra Dios, Cristo, la Virgen bendita, María Magdalena y todas las palmeras del mundo mundial,  que siempre es más satisfactorio que hacerlo a solas.

Un compi de carreras mañaneras me aclara el tema:

– Es por el picudo rojo, se está cargando todas las palmeras. Ya son varias las que se han caído en el parque.

– ¿Y eso que es?¿un pájaro?.

– No, un escarabajo. – interviene otro. – Cría en las palmeras y cuando las larvas eclosionan se la comen literalmente. Como esto siga asi en una década dejan Sevilla sin ellas.

– Pues vaya con el puñetero bichito.

– Ya te digo, cualquier día tenemos una desgracia.

– ¿Y el Ayuntamiento lo sabe?

– Claro que lo sabe, pero prefiere no hacer nada.

En esas llega la Policía Municipal.

– Buenos días.

– Serán para Usted a mi casi me mata un escarabajo. – El personal congregado se ríe quitando hierro a la situación. El Municipal, sin embargo, me mira con mala cara y me dice “que me calme”,  con esa chulería tan de madero jovencito, a lo que yo me quedo francamente flipando. ¿Qué me calme?, ¿eso es lo único que se le ocurre ?. Escaneo al tipo, no creo que sea mayor que yo, gafas de sol en la cabeza lo que a las 7 de la mañana en pleno otoño le otorga una pinta de subnormal bastante genuina. Ceja derecha partida y rapado militar. Carne de bronca en el fútbol metido a madero, me digo. Mala suerte.

Decido obviar la frasecita y le pregunto el motivo por el que el Ayuntamiento consiente que haya árboles en tan mal estado en una zona tan de paso de la ciudad como el Parque de María Luisa, zona de visita obligada para miles de turistas que lo visitan todos los días y por donde solemos hacer deporte tantísimos sevillanos a cualquier hora. El municipal me mira de reojo y hace un leve gesto con la boca , de esos de ‘Y a mi que me cuentas’. Le insisto educadamente por la causa del lamentable estado del Parque y de porque habiendo una Delegación específica, la de Parques y Jardines, ni se podan las palmeras podridas ni se aplica un tratamiento adecuado para mandar al picudo rojo a hacer puñetas. Vuelve a mirarme y me casca un:

– Venga, venga, echaté pa tras.- Y me pega un toquecito.

Me lo quedo mirando sorprendido por el golpe pero aun más por la familiaridad con la que un servidor público se dirige a un ciudadano, en este caso el menda, al que no conoce de nada, tuteándome con un compadreo que ni acepto ni tolero de una persona a la que yo si estoy tratando, hasta el momento, con la debida cortesía.

– ¿Perdone?

– Te he dicho que te calmes. – Me dice sin ni siquiera mirarme-  Que no te lo tenga que decir dos veces. Tsssss…

Y claro, me calenté.

Como se imaginarán el picudo rojo, la palmera y la madre que los parió me las traían al pairo tras ese ‘tssss’ de cani chulito de discoteca que en boca de un agente de la policía local me resultaba del todo insoportable. Mientras comienzan a llevarme los demonios el cenutrio disfrazado de policía continua mirando la palmera como intentando descubrir el cable que se le había roto o localizar una luz roja parpadeante que le indique donde está el fallo. Le observo intentando entender el complicado procedimiento de investigación policial que esta realizando. Por fin chasquea la lengua y le traslada a su compañero el informe pericial preliminar de su investigación sobre el cadáver de la pobre palmera atacada por el Picudo Rojo.

– Se ha roto. – Dice el perfecto gilipollas.

– Brillante… – digo en voz baja, pero el CSI de Juan Ignacio Zoido se entera y elevando la voz me insiste, una vez más,  en que me calme a pesar de estar absolutamente calmado, pero esta vez ya me ha tocado la moral, así que me acerco a su oreja y en voz baja, para que solo él me oiga, otorgando intimidad a esa familiaridad que se ha tomado anteriormente le casco:

– Me calmaré si me sale de los cojones.

Ahora si que tengo concentraba sobre mi toda, toda, toda su atención. El compañero que hasta ese momento se había dedicado a jugar con el móvil debió imaginarse como se estaban desarrollando los acontecimientos porque dejó el wassap y salió del patrullero mirándome muy serio, imagino que analizando la posible amenaza en el caso de que la hubiera, lo que no era el caso.

– Buenos días señor. ¿Qué sucede?. Me dijo.

– Pues sucede, Agente, que casi me mata este árbol y aquí su compañero a parte de traerse unas confianzas que yo no le he otorgado es incapaz de responderme a una sencillita pregunta que le he hecho, y no se si es por desconocimiento, mala educación o sencillamente porque es imbécil.

A estas alturas ya me daba igual que me llevaran a la comisaría o al juzgado de instrucción.  La mayoría de los transeúntes que se habían acercado tras el accidente (corredores incluidos) comenzaban a marcharse prudentes ante la que  estaba a punto de liarse. El chulito analfabeto entreabre la boca y me mira con cara de reventarme. El compañero sigue serio sin dejarse sobrepasar por la situación, manteniendo la cabeza fría y la defensa enfundada. Al menos uno de los dos, concluyo,  es un profesional no como el tonto baba que me ha tocado en suerte, eso significa que al menos el 50% de mis impuestos que se gasta Zoido en la policía municipal está empleado en gente competente. El otro cincuenta son de los que se sacan fotitos con el fajo de multas durante la Feria pasada, o se graba con el móvil haciendo el gilipollas en el coche patrulla para luego colgarlo en  Facebook, y claro, así nos luce luego el pelo.

El chulito mete baza.

– A ver ‘quillo’. Documentación.

Quillo, me digo, ahora me llama quillo, hemos pasado de tutear al quillo en menos de un minuto. Lo que hubiera dado yo en ese momento  por poder retroceder al XIX y arreglarmelas con el municipal como las arreglaban los paisanos del “Viva la Pepa y vivan las caenas” ni se lo imaginan, metiéndole una siete muelles bien engrasada hasta el esternón y después que salga el sol por la Sierra Morena que yo le veré alistado en la cuadrilla del Tempranillo.

– No se si se ha percatado aun, Agente,  pero estoy en plena sesión de ejercicios y en estos casos el DNI lo dejo en casa

– Pues venga listo, contra el coche.- Hace el amago de cogerme del brazo, se lo retiro y  en mi cara -y en la suya- comienzan a verse los siete infiernos de Dante, uno detrás de otro, y todos pidiendo batirse

– A partir de este momento – digo- le exijo que se dirija a mi con la corrección que le aconseja su uniforme, Agente. No le tolero más un quillo, tuteo, picha, o compadreo.

Y así a las puertas de mi dos de mayo particular ( yo ya le veo al fulano hasta cara de mameluco) el otro municipal se mete por medio, manda a su compañero al coche y me pide que lo acompañe hacia la acera.

– Bueno, venga. – Me dice- Intentemos tranquilizarnos todos y empezar de nuevo. Lo primero es lo primero, ¿se encuentra Usted bien tras el accidente? ¿ Necesita que avisemos a los servicios sanitarios?

– No será necesario, me encuentro perfectamente.

– ¿Puede continuar por su propio pié o necesita que le acerquemos a su domicilio?

– Puedo yo solo Agente, no será necesario, gracias.

– Muy bien, permítame informarle sobre una serie de derechos que en este momento le amparan en caso de querer presentar una denuncia por la ‘caída de la palmera’. – a esto ultimo le pone cierto énfasis del que se sobreentiende una petición para que de por zanjada la pelea con su compañero “venga compadre que todo el mundo tiene derecho a un mal día y mi compi está en uno de esos, ya sabes, además no me jodas por tu madre, que la montaña de papeleo que me espera es ‘menúa’ como esto termine en una denuncia solo porque este es un perfecto bocazas”.

Entonces decido lo que se suele en estos casos, hacer de tripas corazón y seguir mi camino visto que con el nivelito que se gastan los agentes de la ley del país en estos casos a lo mejor hasta he salido bien parado –las imágenes de ocho mossos apaleando hasta la muerte a un hombre en el suelo del Rabal aun están frescas-.  Acepto su salida y el policía municipal, el profesional y competente no el otro, asiente con la cabeza y me lanza una mirada de agradecimiento por dejar ahí la historia. Me pongo de nuevo los cascos y me despido dándole los buenos días. Por el rabillo del ojo veo como el torete sale disparado del patrullero donde estaba esperando y se lía a gritos con su compañero, imagino que por dejar que me vaya.

Así vuelvo a mi casa a empezar el día, perjurando contra ese porcentaje de policías del país que le dan mala fama a esa institución y que hacen de su particular forma de entender la protección cívica algo terrorífico, esos para los que el ciudadano es solo un saco contra el que volcar su agresividad, sus complejos y su falta de educación.

Y encima con un ojo puesto al cielo por culpa del Picudo Rojo de los cojones.

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