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Ultimamente no lo veía tanto como antes. El verano terminó y con él las mañanas perdido entre las estanterías de la Biblioteca Infanta Elena la Tonta, allí coincidía con él. Lo que empezó siendo una serie de miradas furtivas del uno al otro terminaron convirtiéndose en miradas cómplices de reconocimientos mutuo.

Siempre impoluto, pantalón claro y camisa de algodón bien planchada, a veces complementado con un sombrero de verano o una gorra tipo tweed. Para mi la viva imagen de la elegancia, sobre todo en relación conmigo que como siempre desde que llega el calor iba en camiseta, pantalón corto y sandalias, uso de dos tipos, las que se conocen como hawaianas y unas abarcas típicas de Baleares que me compré en Menorca y que guardo como oro en paño.

La contemplación boyeurista mutua, casi clandestina,  intentando identificar el autor que cada uno leía dio paso a un cortes  “buenos días” cada mañana, tras dos semanas compartiendo las mismas estancias comunes en que coincidíamos tras dejar ese universo individual maravilloso en que te sumerge la literatura, se hacía indispensable un mínimo de cortesía.

ImagenEra mayor, un día por una de esas increíbles profesionales que trabajan en nuestra biblioteca pública y que maltratamos sin recursos, con un bajo salario y con recortes de uno y otro, me enteré que era viudo con una historia increíble por detrás.

Su mujer había muerto hacía poco,la compañera con la que había compartido su vida durante gran parte de su vida y viéndose solo decidió refugiarse en los libros. Solo aquel que es lector entiende de lo que hablo, se crea una extraña compañía entre la persona que lee y los personajes a los que va acompañando. ¿O son ellos los que acompañan a uno?, no lo se, quizás al “Maestro” como me gustaba llamarlo, en esos días uno de los libros que leí fue “Los enamoramientos” de Javier Marías en el que unos desconocidos entrelazan sus vidas y donde los primeros capítulos son una serie de descubrimientos personales entre unos personajes que no se conocen entre si pero al coincidir todas las mañanas en la misma cafetería se observan con familiaridad, y se llaman por apodos al no conocer el nombre de cada cual. Le encontré paralelismo a  la relación que estaba teniendo con mi compañero de las mañanas ardientes de julio y agosto así que decidí buscarle un apodo, me pareció correcto usar el término de maestro y siempre me quedé con la duda de cual sería el que, seguro, me habría dedicado.

El pasado martes me acerqué a devolver unos libros y volví a verlo, nos encontramos en la galería de la M-O sección narrativa, los dos asomamos una sonrisa al amigo que hace tiempo que no ves y él , elegante como siempre, volvió a saludarme con un buenas tardes, les juro que en mi cabeza lo vi continuar con un “como decíamos ayer” y me lo imaginé cual  Fray Luis de León volviendo a su cátedra de Valladolid tras cinco años de ausencia por el fanatismo inquisitorial de la Iglesia.

Le estreché la mano, me pareció correcto y conforme a las reglas que sin hablarlas habíamos establecido. En su mano un libro de Pio Moa, él debió ver en mi cara la decepción, se me estaba callendo un mito, una leyenda, un modelo. Colocó el libro en su estantería y con voz firme me dijo:

Más malo imposible, no he podido pasar del primer capítulo.

La leyenda renacía y tras darle de nuevo las buenas tardes nos despedimos, él espero que a seguir viviendo el final de su vida con dignidad y acompañado por la literatura; yo con la esperanza del reencuentro en verano en que enfundado en mis pantalones cortos y mis chanclas pueda volver a perderme, como ratón de Biblioteca, por mi particular estación de Pasión por la Catedral de las letras de Sevilla.

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Esos sevillanos felices por la huelga de LIPASAM

 Me contaba ayer un buen amigo que se dedica a la chatarra que estaba contentísimo con la huelga de LIPASAM, me dice que nunca había habido de todo en tantos sitios, – hasta frigoríficos, me decía entusiasmado – y el no tener que ir corriendo y peleándote por la mejor chatarra es una maravilla;pero sin duda lo mejor  era que por primera vez en todos sus años de honrada profesión la gente no le observaba con recelo al rebuscar en la basura sino con  alivio en las miradas de unos ciudadanos que hasta jaleaban y animaban a que se llevara más de la cuenta, sabedores que con ello rebajan el nivel de las montañas de mierda que se acumulan ya tras 10 dias de Huelga. En el mundo de rapiña y bajos fondos de mi amigo nunca habían sentido el agradecimiento ciudadano por lo que se le antojaba casi como una labor cívica.

Le pregunto que hacia donde se dirige y me confirma que vamos en la misma dirección, asi que juntos, charlando de todo un poco, nos acompañamos en nuestro circunstancialmente común caminar, yo hacia mi casa y él hacia la galima corsaria en que se han convertido las calles de Sevilla.

Enfilamos San Francisco Javier buscando  “la chatarra de los payos ricos”  y es que hasta en el mundo de la depredación del sobrante consumista hay clases y privilegios. Todo esta perfectamente organizado en una vida en que las reglas aun significan algo y evitan incidentes entre honrados rebuscadores que de no ser asi podrían terminar como el rosario de la Aurora.

Sorprende a medida que me descubre este mundo fascinante y desconocido lo civilizado que es todo. En la selva no se ataca si no es para sobrevivir y aquí, en esa extraña frontera donde se mueven los apartados del sistema todo el mundo sabe atenerse a las consecuencias de sus actos o de sus palabras; la frontera no es sitio para pusilánimes y aquí como se dice “la navaja solo se saca si se está dispuesto a usarla”. Tonterias, chulerías y vaciladas las justas y necesarias, osea ninguna, que además para eso ya están los niños pijos de los Remedios y Nervion que se meten en las Vegas buscando emociones fuertes y su dosis de coca, inconscientemente valientes en un mundo tan distinto al que sus urbanizaciones amuralladas y cerradas al mundo exterior les acostumbran y que nada tienen que ver con la realidad que se vive fuera de ellas. Carne de cañón malcriada entre algodones y estancias en el Club Nautico que,  sin excepción, termina desplumada en el mejor de los casos o meándose encima cuando la deuda con el narco no la cubre ni el AUDI que misteriosamente le robaron a su padre sin que nadie se diera cuenta de nada gracias –claro- a la inestimable ayuda del hijo que abrió la puerta del garaje y lo que hiciera falta con tal de que no le pegaran un tiro por imbecil.

Copyright EL PAIS

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A la altura de los Edificios URBIS, frente al edificio Catalana Occidente , hacemos una parada técnica. Deja bien situado el carro “para no molestar a nadie, que la buena educación no está reñida con ser pobre” me dice mientras se coloca un cigarro en la boca y con el colmillo goteando y la mirada fija observa a lo largo de la calle Camilo José Cela algo que le ha llamado la atención. No habla, como buen depredador en busca de su presa cierra levemente los ojos y se coloca la mano izquierda a modo de visera. Ahorra en palabras. Sigo el curso de su mirada, a lo largo de la calle solo soy capaz de identificar cuatro zonas de residuos amontonados donde las bolsas negras, azules y amarillas  asemejan las resultantes de un caleidoscopio formando curiosas estructuras.

– ¡Mira!. Me señala en dirección a la acera derecha. ¡ Alli, allí!, vamos corre.

Yo no conseguía ver nada que no fuera otra montaña de mierda y plástico, pero el ojo clínico del que se gana la vida entre nuestra basura había sido capaz de detectar algo que por la excitación y la prisa debía ser valioso.

Acelera el paso y yo con el, no quiero perderme el maravilloso tesoro . Me mete prisa ya que teme que alguien, antes que él, lo localice y se lo apropie. Como ya dije antes este es un mundo donde las reglas aun significan algo y la más sagrada es que el primero que llega se lo queda. Sin remilgos impropios a su casta se abre camino entre la montaña de bolsas de basura hasta que deja al descubierto una lavadora que, juro que estaba completamente tapada, ha descubierto con la visión que solo te puede dar el instintos de supervivencia. Con mas asco que él le ayudo a subir la lavadora a su carro, un artilugio formado por una bici soldada a un carro con el que recorre las calles de Sevilla.

Mi amigo esta feliz y satisfecho.

-Por esta me dan lo menos 30 euros.

Treinta euros, pienso, es el precio de la pobreza. 30 euros por reventarse entre basuras y empujando un carro entre las miradas , hoy al menos no despreciativas, de aquellos que no nos ha tocado sufrir la vida de frontera, una vida en la que 30 euros por empujar a cojones un carro con 70 kilos de hierro marca la diferencia entre poder o no alimentar a tu hijo.

– Bueno P., aquí nos despedimos.

– Mu bien hermano, pues yo sigo mi camino que todavía me queda una vueltecita más antes de llevarme to esto pa tras.

Me regala un abrazo, sincero y cálido al que correspondo. En ese momento una señora emperifollada como solo se le ocurriría a una mujer florero de la Buhaira  para bajar a tirar la basura pasa al lado de mi amigo y ante su olor pone una cara de profundo asco, un asco de clase, milenario. Y es que, como se imaginarán, su cuerpo traslada el olor profundo del que se gana el sustento entre contenedores.

Imagino que esa señora con cara de lerda que no sabe hacer la o con un canuto, nunca habrá olido como mi amigo. Tampoco  los Barcenas con sus sobres habrán olido así ( con ese pelo siempre peinado a la perfección y esos trajes deslumbrantes con los que aparece como quien no quiere la cosa a la puerta de su casa esperando el taxi). Tampoco Zoido con su posición Teacheriana de no ceder (diga lo que diga el ABC) ante las legítimas reivindicaciones de la plantilla de LIPASAM;  él nunca habrá sudado tanto como mi amigo empujando su carro por 30 euros de mierda. N

Ese  olor profundo de mi amigo  es, en esta triste España que nos ha tocado vivir de Monarcas incapaces, Ministros incompetentes y gobernantes corruptos, un olor de dignidad.

Dignidad del que transita en el abismo porque no le quedan más cojones mientras otros solo nos asomamos. El olor de la mierda, de lo sucio, de lo indigno,  es el que destilan las cuentas putrefactas del PP en Suiza como lo fueron del PSOE con FILESA o los EREs. La gentuza no huele como mi amigo, huele como los Urdangarines de turno o los despachos perfumados y repletos de hijos de puta de Plaza Nueva.

– Que lastima de guillotina que nos perdimos, amigo. Le digo.

-¿ Guillo que?.

– Nada, cosas mias.

Mi amigo sonríe quitando importancia al gesto de antes mientras avisa a un compi de la calle del montón de chatarra que aun queda por descubrir entre la montaña de diez dias de basura en “los barrios de payos ricos de la ciudad”. Me descubre asi, en medio de la terrible realidad de explotación y salvajismo que se concreta en su persona, la felicidad que otorga la ignorancia y la necesidad y la otra cara de la pobreza. La de la marginalidad y la criminalidad es una, si; pero también hay otra, la de la solidaridad más absoluta, donde entre iguales que nada tienen nunca falta una ayuda o un mendrugo de pan para regalarle al que ni  eso puede presumir de llevarse a la boca.